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Falta de apetito en las personas mayores. Cómo gestionarla

Falta de apetito en las personas mayores
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    La hiporexia o falta de apetito es una patología de gran prevalencia en adultos mayores así como uno de los principales retos en el ámbito de la asistencia domiciliaria. En tanto que la alimentación es uno de los aspectos fundamentales para mantener un buen estado de salud, el tratamiento de la falta de apetito en las personas mayores debe ser uno de los aspectos prioritarios para familiares y cuidadores.

    ¿A qué se debe la falta de apetito en personas mayores?

    Con frecuencia se le suele restar importancia al adelgazamiento de las personas mayores. Existe una creencia bastante extendida de que la pérdida de peso es una consecuencia natural del envejecimiento, pero lo cierto es que siempre existe una causa subyacente a esta circunstancia.

    Uno de los motivos de la pérdida de peso involuntaria puede estar en una ingesta diaria de alimentos que no cubre las necesidades nutricionales del paciente. En estos casos, un profesional de la salud tendrá que determinar cuáles son las causas de la falta de apetito en las personas mayores antes de poner en marcha el plan de tratamiento más adecuado.

    La pérdida de apetito en el adulto mayor puede estar motivada por factores físicos, sociales, económicos y emocionales. Entre las causas más habituales destacan:

    • Cambios en el sentido del gusto y el olfato. Suponen una limitación a la hora de disfrutar de la comida y hacen más complicado el mantener unos hábitos de alimentación regulares y saludables.
    • Limitaciones motoras. Las personas mayores con movilidad reducida tienen más dificultades para acceder a los alimentos de forma autónoma. Con este tipo de restricciones resulta más difícil mantener una dieta variada ya que hay alimentos que se quedan fuera de su alcance.
    • Restricciones dietéticas. En ocasiones, las limitaciones del menú son el resultado de una prescripción médica. Cuando determinados platos quedan excluidos de la dieta por motivos de salud, el adulto mayor puede perder el interés por la comida.
    • Tratamientos farmacológicos. Determinados medicamentos empleados de forma habitual en el tratamiento de enfermedades crónicas y patologías asociadas a la tercera edad no solo provocan una pérdida de apetito sino que, además, dificultan la absorción de nutrientes.
    • Deterioro de capacidades. La capacidad de masticar y deglutir o las dificultades respiratorias durante el proceso convierten la hora de la comida en un momento poco agradable y, en consecuencia, harán que se vaya perdiendo el apetito.
    • Alcoholismo. La ingesta incontrolada de alcohol acaba imponiéndose a los hábitos de alimentación saludables. El abuso de estas sustancias dificulta la digestión y limita el apetito.
    • Depresión. La soledad, la apatía, la tristeza… Todos estos aspectos psicológicos y emocionales contribuyen a que las personas mayores dejen de comer.
    • Problemas de conducta o memoria. Patologías como la demencia o el alzheimer pueden hacer que las personas mayores se olviden de hacer la compra, cocinar o comer, con las repercusiones negativas que ello implica.
    • Aislamiento. La falta de contacto social también tiene repercusiones negativas en los hábitos de alimentación. Pasar el día solos puede hacer que tanto la actividad de cocinar como la de sentarse a comer pasen a un plano secundario.
    • Limitaciones económicas. El nivel de ingresos de muchos adultos mayores es tan limitado que su economía no siempre les permite el acceso a los alimentos más adecuados o a las cantidades necesarias para una dieta saludable.

    ¿Cómo puede ayudar el cuidador al tratamiento de la falta de apetito?

    Cuando la negativa a comer se convierte en algo habitual, es importante actuar cuanto antes. La persona mayor puede dejar de comer un día como una respuesta puntual a un problema de salud, a factores ambientales o incluso a un enfado. Pero la pérdida de interés por la comida no puede llegar a convertirse en la tónica del día a día.

    Este es uno de los motivos por los que las personas mayores, incluso las que son totalmente autónomas, pueden requerir de la presencia de un cuidador domiciliario. La pérdida de unas correctas rutinas de alimentación acaba generando un problema de malnutrición y, consecuentemente, provocando otras enfermedades. Con la supervisión de un cuidador se pueden garantizar unos buenos hábitos y un control personalizado de estos. Estas son algunas de las tareas en las que puede ayudar un cuidador:

    • Seguimiento de dietas diseñadas por el nutricionista, ajustada a sus necesidades dietéticas y a sus condiciones de salud. Hacer la compra y cocinar en compañía suponen un aliciente, un reto y una ilusión.
    • Control de la medicación y comunicación con familiares y médicos en caso de que se detecte alguna relación entre esta y eventuales problemas digestivos.
    • Apoyo frente a las limitaciones de movilidad, bien a través de ejercicios e instrumentos que promuevan la autonomía a la hora de comer, bien dándoles de comer (en los casos más complicados).
    • Acompañamiento durante las comidas, evitando las distracciones de la televisión y garantizando que la persona mayor respeta unos horarios y unas cantidades de ingesta adecuadas.
    • Monitorización del peso y observación de hábitos. Un cuidador puede supervisar el comportamiento de la persona que tiene a cargo, detectar cambios en su conducta frente a los alimentos y llevar un registro de su peso para advertir posibles problemas de nutrición que deban ser tratados por un médico.

    Consejos para estimular el apetito de las personas mayores

    Es muy complicado que, por sí solas, las personas mayores recuperen el apetito cuando esta pérdida de interés por la comida está provocada por alguna de las causas citadas anteriormente. Ya hemos visto que la figura del cuidador domiciliario resulta fundamental a la hora de crear hábitos saludables y garantizar que estos se cumplen pero, ¿qué ocurre cuando el adulto mayor se niega a comer?

    Como todo lo relacionado con los cuidados geriátricos, estimular el apetito de las personas mayores es un proceso que exige tiempo, empatía y paciencia. Estos son algunos de los consejos que debes seguir si se produce la pérdida de apetito:

    • No forzar la ingesta. En la medida de lo posible, siempre es más efectivo esperar el tiempo que haga falta antes que generar mayor estrés a la hora de la comida.
    • Mantener una actitud positiva. Regañar al adulto mayor como si fuera un niño nunca tiene el efecto deseado. Conviene relativizar el problema focalizando la atención en otros aspectos (p. ej., dar conversación) hasta que el apetito se presente de forma natural.
    • Optar por alimentos de fácil masticación. Bocados pequeños, fáciles de masticar y de digerir. También deben ser alimentos que resulten fáciles de manipular y llevar a la boca, promoviendo así la autonomía.
    • Raciones comedidas. Es mejor realizar comidas pequeñas varias veces al día que comidas copiosas que no solo lleven más tiempo de masticación sino que hagan las digestiones más pesadas. Evitando la sensación de saciedad hay más posibilidades de que la persona a mayor vuelva a tener hambre.
    • Mejorar la presentación. También comemos por los ojos. Una presentación atractiva resulta siempre mucho más apetecible. Atrévete a estimular el apetito a través de los cinco sentidos.
    • Motivación. Hay que trabajar en las expectativas de las personas mayores con respecto a los alimentos e incluir en el menú ingredientes que le resulten especialmente apetecibles. Si su curiosidad por probar tu propuesta se produce fuera de los horarios habituales de comida, prioriza esta a cualquier otra rutina. Lo importante es recuperar el apetito.
    • Convertir la hora de comer en una actividad social. La comida se disfruta mejor en compañía. Es un buen pretexto para reunirse con hijos y nietos, siempre que las circunstancias lo permitan. Asociar la comida a experiencias positivas estimula el apetito.

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